domingo, agosto 14, 2005

1. Unión de Renacimiento y Edad Media


El arte plateresco es ante todo un arte arquitectónico español. Se da en las edificaciones, pero no en otras manifestaciones artísticas relevantes como la música o la literatura. También, el plateresco es ante todo, una arquitectura de estado: es decir es un elemento ideológico de los reyes católicos, y parcialmente, de Carlos V y Felipe II.
Camón Aznar lo define así: “Tras este complejo estilístico, en el que confluyen todos los ideales hispánicos de la Baja Edad Media, es natural que nuestro Renacimiento adquiera modalidades absolutamente na­cionales. Tras este goticismo exasperado, sin tránsito cronológico apreciable, nuestros arqui­tectos se asimilan el Renacimiento. Y este movimiento de raíz clásica nace en el regazo del estilo más atrozmente distinto que haya podido existir en la historia del arte. Las mismas manos que tallaban las picudas floraciones, los animales vivos, la fauna y la flora más selvosas y montaraces, acarician después la superficie de los temas renacientes con las rizadas gracias de la inspiración itálica. Esta inmediatez de los dos estilos impone una fatal ósmosis que tinta con arrebatos y formas medievales los cánones romanos de nuestro Renacimiento. Están demasiado cerca los dos momentos para que entre ellos pueda existir un hiato evolutivo que permitiera las aceptaciones puristas del mundo clásico. Y es quizá esta conjunción de dos mundos artísticos tan opuestos como el gótico de los Reyes Católicos y el renaciente florentino lo que llena de originalidad y de gentiles sorpresas nuestro plateresco”
(Fachada principal y fachada lateral de la iglesia de Actopan: Edad Media en la crestería y la torre, que simulan una fortaleza medieval; Renacimiento en la arquivolta de la entrada principal)

2. La llegada del Plateresco a América

Junto con las naves de Colón arriba al Nuevo Mundo el arte plateresco; afirma Camón Aznar: “Ya en su segundo viaje llevó Colón al aparejador Zafra. En 1510 embarcan en la nave Santiago, para La Española (Santo Domingo) los maestros canteros Juan de Herrera y Ortuño de Bretendón y varios oficiales obreros. El maestro de la catedral de Sevilla, Alonso Rodríguez, en 1510 se compromete a dirigir las obras que hagan los obreros antedichos”. No obstante el plateresco, a pesar de su difusión por América tuvo un terrible enemigo: el barroco: en el siglo XVII y XVIII la riqueza y el poder de los colonos españoles les permite construir un sinnúmero de edificios barrocos sobre las ruinas de muchos edificios platerescos. Pocos habrán de sobrevivir, la mayoría, como en España, mezclados con otras formas arquitectónicas. De todos esos esfuerzos del renacimiento español se conservan, entre unos pocos en América, los primeros conventos de los monjes agustinos en México.
(Fachada del convento de Ocuituco, primer convento Agustino de América; su construcción se inició en el mismo año de la llegada de los agustinos a México: 1533; poco, muy poco del plateresco se puede ver en ella)

3. Tres fuentes y tres partes integrantes del plateresco


El arte plateresco no fue un orden arquitectónico, sino un arte decorativo. Conformó la primera etapa del renacimiento español y fue, sobre todo, el arte ideológico de la creciente monarquía de los Reyes Católicos y buena parte del reinado de Carlos V. Éste, como sus abuleos los Reyes Católicos, también impulsó al plateresco como un arte de estado. Son tres fuentes y tres partes integrantes del plateresco: la sobriedad del románico, la monumentalidad de las ojivas y los arcos quebrados del gótico y el clasicismo renacentista italiano.
(Arquería plateresca de influjo renacentista italiano en el portal del convento de Actopan)

4. El plateresco y los agustinos


Son múltiples los edificios de México que tienen algún influjo del plateresco: la catedral metropolitana en la ciudad de México, la catedral de Puebla, La catedral de Mérida, la casa de Montejo en Mérida, el convento franciscano de Tepeapulco en Puebla, el convento dominico en Yanhuitlán, Oaxaca. Pero todos ellos son como fragmentos sueltos de un rompecabezas: están dispersos y no es fácil encontrarles la forma; no obstante esto, los conventos agustinos del siglo XVI conservan una gran unidad arquitectónica en torno al plateresco. Parece que esta veintena de conventos se hubieran propuesto (y es muy probable que los frailes constructores se lo propusieron) aplicar al pie de la letra los principios ideológicos de los Reyes Católicos y de Carlos V: es decir que los agustinos hicieron una estética de estado al construir sus primeros conjuntos conventuales con esa misma unidad temática, estructural, arquitectónica y estilística. La semejanza entre ellos es mucha; he aquí algunos elementos que les da homogeneidad: iglesia de una nave sin capillas (no de cruz latina, que es la dominante); techos de las mismas, de bóveda, sin cúpula (que es también lo dominante), almenas como cresterías en los techos de los templos, fachadas muy sobrias, renacentistas, con algunos elementos platerescos claramente definidos, como las columnas platerescas (balaustres); espadañas que rematan las fachadas, en lugar de torres campanarios; interiores pintados a la grisalla, con fuerte presencia de los grutescos; importante influjo de lo gótico en los arcos quebrados, nervaduras de las bóvedas, rosetones y gran altura de los templos; lo románico en los arcos achaparrados de medio punto y la poca altura de los claustros; las celdas del convento ocultas al claustro a través de un muro; contrafuertes en las esquinas de las fachadas; grandes, impresionantes, atrios; cresterías que decoran balaustradas, techos, columnatas, capillas abiertas, etc.; cuatro columnas en las fachadas con nichos en medio de cada par, con San Pedro y San Pablo en los mismos; contra fuertes de las fachadas de los templos rematados con cresterías en forma de almena.
(Fachada del templo de Yecapixtla, con su rosetón a la altura del coro, sus cuatro columnas labradas en cantera y decoraciones en altorrelieve con grutescos)

5. Lo Gótico dentro de lo plateresco


Como característica, la más destacada de nuestro plateresco, hay que consignar la permanen­cia de la estructura gótica en la mayor parte de los monumentos, singularmente en los templos. El elemento invariable en nuestros edificios religiosos platerescos es la bóveda gótica de crucería. Es­tas bóvedas adquieren formas muy diversas. Generalmente se continúa en ellas la normal evo­lución de la crucería flamígera hacia dibujos más y más compli­cados. El tema de estrella se pres­ta a tales fantasías en la lineación de las nervaturas, que pocas ve­ces encontramos repetido el mis­mo modelo. Esta riqueza de flexio­nes en los nervios que conforma estas bóvedas estrelladas les obli­ga, como es natural, a perder su carácter estructural y a ser tratados como elementos decorativos. Y así, el costillaje de estos resaltos se organiza en caprichosas curvas y contracurvas, olvidando lo funcional por lo ornamental.
(Bóveda del sotocoro de la iglesia de Yecapixtla, con su hermosa nervadura gótica flamígera, una de las muy escasas en América)

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6. Los agustinos en México


Los frailes agustinos (mendicantes como los franciscanos y los dominicos; a diferencia de los jerónimos y los mercedarios) llegaron a México en 1533; eran siete monjes encabezados por fray Francisco de la Cruz, infatigable padre prior. Tarde llegaron al reparto del botín de la evangelización de los indios, y eso les dificultó el inició; pero siempre les quedó mala fama. Tarde, porque en los doce años que habían pasado entre el fin de la conquista y la llegada de éstos, los franciscanos y los dominicos no querían compartir con ellos la gloria de llevar su fe religiosa a los indios, mala fama de que esclavizaban a sus indios para construir tan soberbios conjuntos arquitectónicos.
(Segundo cuerpo de la fachada del templo de San Agustín en la ciudad de México: los siete primeros misioneros se arrodillan ante su padre de Hipona. Este conjunto conventual no es el original, que se quemó poco después de ser concluido y se reconstruyó con la actual forma en que le conocemos, y que no es de estilo plateresco)

7. Los balaustras platerescos

Así, la columna en todas sus aplicaciones decorativas se la deforma al convertirla en balaustre, con un complicado perfil de candelero. Y en las constructivas se las dota de un nudo central ornamentado. El pilar también pierde su severidad antigua al llenarse de grutescos y concebirse como un elemento decorativo. El modelo de balaustre plateresco fue definido por el libro Medidas del romano de Diego de Sagredo y publicado en Toledo en 1526. El libro fue muy popular y se reeditó varias veces, todo parece indicar que los padres agustinos poseyeron algún ejemplar de él. En estos balaustres (columnas) de cuerpos mixtos; normalmente el capitel era de orden corintio, la primera parte del fuste era liso o estriado, la segunda decorado con motivos florales, la tercera con estrías oblicuas, imitando las columnas salomónicas, la cuarta aparentaba un copón y finalmente podía haber hasta una quinta o sexta parte. Tales balaustres tan decorados parecían más trabajo de plateros que de lapidarios, de ahí el nombre de plateresco.
(Ilustración de un balaustre del libro medidas del romana y balaustre de la fachada del templo de Acolman)

8. Las primera construcciones agustinas


En 1533 los siete agustinos fueron enviados a Ocuituco (hoy en el estado de Morelos) para que evangelizaran a los indígenas que allá había. Se les prohibió terminantemente fundar convento en la ciudad de México. Quien dirigía estas maniobras era el arzobispo de México: Fray Juan de Zumárraga, que fue directamente afectado, primero porque él era franciscano y veía recortada su cuota de poder; segundo porque Ocuituco era encomienda de su propiedad y los dineros que ésta le producía, pensaba destinarlos para construir un hospital en la ciudad de México, proyecto arquitectónico y humanístico que sólo los grandes de España podían hacer. Así que el franciscano desterró a los agustinos acusándolos de crueldad con los indios por ponerlos a trabajar en obras arquitectónicas tan suntuosas. Esto no era verdad, Ocuituco siempre fue un convento modesto. Fugitivos en Totolapan (a sólo unos kilómetros) fundan de nuevo un convento (también muy modesto). La orden que no obedecieron es la de irse de la ciudad de México: dos quedan en la ciudad de México, dos en Totolapan y dos en el actual estado de Guerrero, el séptimo regresa a España en busca de más agustinos que quieran venir a México. Poco tiempo después de su expulsión de Ocuituco, los padres agustinos pueden regresar a su construcción inconclusa y reiniciar su labor evangélica. ¿El primer convento agustino (el de Ocuituco) fue una construcción plateresca? No lo sabemos, no lo podremos saber nunca: son tantas las modificaciones que se le han hecho que es difícil reconocer en él algún estilo arquitectónico. Lo más probable es que no haya sido plateresco nunca. Tiene un cierto aspecto medieval románico en su claustro que se lo dan sus pequeñas dimensiones y una fuente con leones sentados en cuclillas, labrados en piedra volcánica.
(León que decora la fuente del claustro del convento de Ocuituco)

9. Verticalidad del Plateresco.


No hay tampoco en nuestro Renacimiento un sentido espacial, de temática horizontal como en los monumentos clásicos. Los interiores, sobre todo de edificios religiosos, se con­ciben con fuerte tendencia a la verticalidad que se acentúa en los cruceros, exaltada por la estructura de las bóvedas góticas. Faltan en nuestro arte renacentista —con la excepción de edificios no exentos— arquitecturas de tipo central, con la cúpula como generadora del sistema constructivo de cruz griega, tan frecuente en el Renacimiento italiano.
(Fachada de la capilla abierta en primer término, fachada de la iglesia y atrás, una torre campanario muy esbelta, en el conjunto arquitectónico de Atlatlauhcan)

10. Distribución y fundaciones iniciales de los agustinos


“Durante este periodo la orden marcó sus tres líneas de penetración bási­ca sobre el territorio novohispano: hacia el sur, el norte y el poniente. Con un reducido número de religiosos se hicieron en esta época trece funda­ciones, la mayoría de ellas en las zonas más inhóspitas del Arzobispado de México y del Obispado de Tlaxcala -Puebla. La penetración hacia el sur. con sus extremos en Tlapa y Chilapa, y hacia el norte, con la árida región de los otomíes y la abrupta Sierra Alta —entrada de la Huasteca—, fue ci­mentada en ese tiempo por religiosos que los cronistas nos describen reali­zando hazañas casi míticas, propias de una Edad Dorada. La escasez de frailes en los primeros años propició la existencia de misioneros itinerantes que recorrían solos grandes distancias en zonas inhóspitas y cuya labor consistía en congregar a los indígenas en pueblos y administrarles el bautis­mo. En esta época se fundaron pocos conventos y cada uno estaba encarga­do de extensas zonas que eran administradas por uno o dos religiosos.
Las fundaciones realizadas en esta etapa presentan las siguientes características, las cuales podemos hacer extensivas a todos los conventos creados hasta 1550. Para los efectos de gobierno interno de la orden, toda fundación donde se ponía comunidad tenía el carácter de priorato, y a causa de la escasez de personal y de la poca complejidad de la organización de los capítulos, no existían aún las vicarías. En estos primeros años las re­laciones con los virreyes y obispos, sobre todo con estos últimos, son exce­lentes y las fundaciones se realizan contando con su apoyo y ayuda.
Los encomenderos tenían una participación directa en las fundaciones en este periodo. Varias reales cédulas les imponían la obligación de pagar un doctrinero que diese instrucción religiosa a los indios que tenían enco­mendados, lo cual justificaba el trabajo y el tributo que éstos les daban. En los pueblos que pertenecían a la Corona, la fundación de la doctrina era un deber de los gobernadores y oficiales reales. El encomendero o la Coro­na, según el caso, se obligaban a construir casa e iglesia, a dar ornamentos para ésta y a sustentar al doctrinero.” [citado de Antonio Rubial, ver la bibliografía]
(En primer plano arquería del portal del convento de Totolapan, muy modificada durante los siglos; hoy es un convento franciscano. En segundo plano el almenado del segundo nivel del claustro, que aún conserva sus formas originales. La iglesia y el convento de esta segunda construcción agustina, es tan pequeña y baja que se asemeja mucho a la de Ocuituco y como ésta las modificaciones que ha sufrido son tantas que es difícil reconocer en él el estilo plateresco)

11. Los grutescos a la grisalla


También distingue al plateresco el uso constante y reiterado de grutescos (figuras zoomórficas caprichosas entrelazadas con plantas). La base temática de la decoración plateresca radica en estas pinturas o figuras talladas en la piedra, que al llegar a España pierden su simple calidad ornamental y se cargan de cabezas heroicas y torsos dragonteos, tallados con una fuerte vitalidad. Los simples temas itálicos aquí se dramatizan y complican en formaciones fantásticas. Los bucranios, cartelas, cestas, arreos militares, balaustres, carátulas, niños, tritones, arpías, candeleros, hipocam­pos, tallos, cabezas sufrientes, ángeles, trasgos, se enlazan entre sí sin más módulo que el de una conexión y fluencia de vital potencia.
(Cenefa del corredor del claustro del convento de Malinalco, pintada a la grisalla; como se puede ver el pez, al llegar a su cola se resuelve en planta)

12. Direcciones que tomaron los agustinos para realizar su evangelización


Desde los primeros años quedó delineada su expansión hacia tres direc­ciones, que fueron, por orden cronológico:
a) Avance meridional; se dio hacía la extremidad oriental del actual es­tado de Guerrero, unida a México a través del de Morelos y al suroeste del de Puebla. Al oriente limitaba con la misión dominica de Morelos y al po­niente con el grupo franciscano-dominico de Puebla y con las casas domi­nicas de la Míxteca.
b) Avance septentrional; se dirigió hacia los otomíes del actual estado de Hidalgo y se contínuó hacia la Huasteca. En Hidalgo se entremetió en los dos grupos franciscanos de la zona (Tula-Tepetitlán y Cempoala - ­Tepeapulco); en la Huasteca se expandió sin restricciones.
c) Avance occidental; lo forman una línea de casas en Michoacán entre dos grupos franciscanos. Se enlaza con la Ciudad de México mediante las casas de la región de Toluca. (Malinalco, Ocuilan y Chalma)7
La fundación de la misión del sur se inició a fines de 1533. Fray Francisco de la Cruz envió ese año a fray Jerónimo de San Esteban y a fray Jorge de Ávila a la zona de Tlapa y Chilapa. Los dos misioneros se detuvieron en su camino en los pueblos de Mixquic y Totolapan, en éste último hicieron casa con el fin de adquirir para su orden el derecho de misionar en este territo­rio. Sin embargo, no se quedaron en ella, sino que siguieron hacia Ocuituco, (hoy estado de Morelos) su primera fundación meridional. La primera septentrional fue la de Atotonilco el grande (hoy estado de Hidalgo) en 1535 y la
primera fundación occidental fue la de Ocuilan (hoy estado de México) en 1537.

(Fachada de la iglesia de Atotonilco, por desgracia muy deteriorada: el programa agustino se repite puntualmente: portada en cantera rosa labrada, sobriedad renacentista del conjunto, cuatro columnas decorando los costados y en lugar de las imágenes de San Pedro y San Pablo en los nichos, rosetones típicamente italianizantes. Pero Pedro y Pablo no faltaron, se encuentran en los medallones laterales que decoran el arco de la puerta)

13. Los grutescos labrados en cantera

La variedad de estos grutescos es infinita. Podemos afirmar que jamás el hombre ha sido capaz de un alarde imaginativo tan descomunal como el que supone la creación de este mundo ornamental, abismal y mítico. Causaría verdadera estupefacción la forma­ción de un corpus de estas ornamentaciones platerescas donde veríamos desplegados los caprichos más inauditos. Estas formas en las que predominan los temas de bestiario se modelan y organizan dentro de los más gentiles cánones de la belleza clásica. Predo­mina en su expresión la preocupación patética. Y este patetismo lo vemos aflorar, sobre todo en el tema de la cabezas, que, colocadas en medallones, constituyen quizá el motivo más persistente de nuestro plateresco. Facies de hombre y de mujer en melancólicos escor­zos, en ansiedades de noble desconsuelo. El patetismo de esta decoración y sus efectos plásticos tan refinados eran sentidos con tal afición por los artistas de su tiempo, que don Felipe de Guevara. en sus Comentarios de la pintura, publicados en 1560, dice: «En nuestros tiempos han resucitado este género de pintura las reliquias de las grutas de Roma antigua —se refiere a las del palacio de Tito—, habiéndose en ellas hallado algunos ejemplos, los cuales la novedad ha extrañamente acariciado y acreditado, de suerte que topáis con muchos que tienen por mayor felicidad hacer bien una máscara y un monstruo que una buena figura.» Esta predilección por la talla, tan refinada de estas imaginaciones desenfrenadas y, sin embargo, tan intensamente humanizadas, puede decirse que explican muchas modalidades anticlásicas y expresionistas de nuestra cultura renacentista.
(Detalles de dos figuras grutescas en la iglesia de Yecapixtla. La primera corresponde a las jambas de la puerta lateral y representa a una figura humanoide sentada sobre sus rodillas y abriendo el compás de las piernas, porta un frutero que se prolonga hacia arriba en un tocado floral; el personaje está tocado con taparrabos y las puntas de sus pies se apoyan en un decoado también floral que emergen de unos porta estandartes y quese unen, haciendo equilibrios, en el extremo contrario, dandole a todo el conjunto una sensación de ligereza y malabarismo; el rostro del personaje más que humano es el de un felino; la segunda está adosada al friso de la fachada principal, representa a una especie de dragón [por sus fauces lo aparenta] que se resuelve en su cola como si fuese un tritón; lo monta la imagen de un niño desnudo).

14. Segunda etapa expansiva de los conventos agustinos platerescos (1540-1572)

En 1540 ya se encontraban afianzadas las tres líneas de influencia agusti­na gracias a las primeras fundaciones. Con esto se iniciaba una nueva época para la orden, la cual multiplicó sus conventos en forma extraordinaria a lo largo de todo el siglo.
En el desarrollo de este fenómeno de expansión, podemos distinguir dos etapas sucesivas: en la primera (1540-1570), aumentaron los núcleos con­ventuales en pueblos de indios, reforzándose con nuevas erecciones las zo­nas ya ocupadas. Las fundaciones se reglamentaron teniendo en cuenta la organización interna de la orden y se iniciaron los primeros conflictos con los obispos a causa de esta expansión. En la segunda etapa (1570-1602), se reforzaron muchos de los factores surgidos anteriormente, aunque sur­gieron nuevos elementos como el gran crecimiento en el número de reli­giosos y el aumento de las fundaciones en las villas de españoles.
Las fundaciones realizadas entre 1540 y 1570 respondieron a tres necesidades básicas: a) reforzar la misión en los territorios anteriormente ad­quiridos por medio de nuevos conventos de ocupación; b) entrar hacia las zonas abandonadas por las otras órdenes, siguiendo las direcciones marca­das por las fundaciones de la época anterior; c) intercomunicar todas las zonas mediante misiones de enlace.
El primer tipo de fundaciones, las de ocupación. se realizaron con el fin de formar una intensa red de conventos alrededor de un centro para poder llevar a cabo la administración de los indígenas de un determinado territorio con buen éxito. Ejemplos claros en el área agustina fueron los de la zona de Hidalgo y Michoacán.
El segundo tipo, las fundaciones de penetración, se creaban para abrir a la evangelización territorios de difícil acceso y no pacificados del todo, por lo cual eran esporádicas y casi siempre precedían a la conquista militar. Hay ejemplos agustinos para esta época en la misión del norte (Xilitla) y en la zona de Guerrero.
(Uno de los conjuntos conventuales más importantes de esta segunda etapa es el de Metztitlán, comenzado a construir en 1543. Éste se encuentra enclavado en la agreste serranía otomí de Hidalgo. Aquí se puede ver la inmensa fortaleza, custodiada por las montañas).

15. La autonomía de las fachadas platerescas


Pero lo que da una fisonomía más singular a los monumentos renacientes españoles es la decoración de sus fachadas. Éstas no emergen sustancialmente de la entraña misma del monumento. No se justifican por la tectónica del edificio como en Italia. En el renacimiento italiano la decoración sirve para acentuar los elementos estructurales, precisando el vigor y lógica de su función y discriminando con nitidez los distintos elementos de estructura. En España, por el con­trario, la fachada se concibe como una entidad, dispuesta en muchos casos con independencia del elemento que decora. Algunas veces, como en la Universidad de Salamanca, se la con­cibe seccionada, aislada del monumento al que se adelanta, enfática, independizándose de su estructura. Heredando en esto la profusión ornamental del gótico de los Reyes Católicos, nuestro plateresco concibe las fachadas como una totalidad decorativa que cubre el paramento frontal del edificio. Sus temas decorativos se despliegan y repiten como un tapiz, ab­sorbiendo en su arborizada profusión los problemas constructivos que el Renacimiento italiano hace precisamente resaltar.
(Fachada del templo de Acolman. Nada que agregar a la explicación; ésta queda clarísimamente ilustrada en esta foto)

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16. Conventos rurales y conventos urbanos


El convento, núcleo de la organización monástica, era la base donde se verificaban cotidianamente los actos y las relaciones que daban existencia a una congregación, la cual, por su medio, se ponía en contacto con el res­to de la sociedad. Una clasificación, por tanto, deberá tener en cuenta es­tos dos factores de función interna y externa de la unidad conventual que, por otro lado, se influían mutuamente.
A causa de la importancia de la labor misional y de la existencia en la so­ciedad de dos “repúblicas” bien diferenciadas, podemos hablar, en princi­pio, de dos tipos de conventos: aquéllos situados en pueblos de indios y los erigidos en villas de españoles.
Esta clasificación está hecha con base en la relación comunidad-religiosa-sociedad relación que influía, como es lógico, en la estructuración interna del convento. En primer lugar, tenemos que señalar que, si bien la función externa del convento influía en su estructura, no siempre la determinaba. Es cierto que una casa rural —como llamaremos a las localizadas en pueblos de indios—, tenía, por lo general, un reducido número de frailes —nunca más de cinco —, y que este hecho modelaba la vida y funcionamiento de la pequeña comunidad, tam­bién lo es que los conventos urbanos — situados en las ciudades españolas—, eran casi siempre entidades con muchos religiosos — desde la decena al ciento—, y ello los hacia tener una compleja organización. Esta regla, sin embargo, tenía una multitud de excepciones. Muchas veces, las casas en pueblos de indios con medios suficientes para sustentar una gran comunidad y con un amplio edificio para alojarla, eran destinadas a novi­ciado y/o estudio durante un cierto tiempo. En el noviciado se incluían to­das aquellas personas que pretendían tomar el hábito de la orden; en los estudios —que la pedagogía medieval dividía en gramática, artes y teología— se preparaban para el sacerdocio los religiosos ya profesos, que estudiaban, además, lenguas indígenas. Todos los conventos agustinos platerescos que se conservan son los de tipo rural; los ubicados en las ciudades fueron remodelados o derruidos para construir nuevos y barrocos conjunto cenoventuales. El caso más impresionante es el convento cabecera provincial en la ciudad de México; su construcción fue carísima y se invirtió muchos años en terminarla; al final de su construcción (no funcionó terminado muchas décadas) se quemó y se construyó el actual.
(Arquería de claustro del convento de Totolapan. En el primer arco superior [contando desde la izquierda] se pueden ver las cabezas de dos novicios --franciscanos-- rezando el oficio divino de la tarde, mientras deambulan a lo largo del pasillo)

17. Balaustres, columnas y capiteles

Así, la columna en todas sus aplicaciones decorativas se la deforma al convertirla en balaustre, con un complicado perfil de candelero. Y en las constructivas –es decir, cuando la columna sirve para sostener la edificación y no para decorar la fachada-- se las dota de un nudo central ornamentado. El pilar también pierde su severidad antigua al llenarse de grutescos y concebirse como un elemento decorativo. Los capiteles (parte superior de las columnas) se complican y enmara­ñan. Pocas veces se emplean en su pureza los órdenes clásicos (dórico, jónico o corintio). Generalmente se introducen en ellos máscaras, carátulas de niños, tritones, cuerpos humanos desnudos, formándose fragantes y caprichosas composiciones. La escuela de Gil de Hontañón encuentra en la decoración de las cestas de los capiteles el principal campo para sus desmesuradas fantasías. Las capiteles de las columnas del claustro de Epazoyucan tienen claramente este tipo de remates platerescos.
(Detalle de la arquería del convento de Epazoyucan. Sobre la columna se instaló una decoración floral que se resuelve en una pequeña rama que gira sobre sí misma para formar una independiente voluta)

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18. Vida en un convento agustino en tierra de indios


La vida de la comunidad se desenvolvía entre la práctica de la oración y la labor evangelizadora. El centro de la actividad dentro del convento era la ora­ción en común que se hacía varias veces al día en el coro: laudes, vísperas, completas y maitines. En un principio, las casas pequeñas tenían licencia para no llevar coro; su reducido número de miembros y el hecho de que la mayor parte del tiempo se dedicaran a la evangelización y a la administra­ción de las visitas, lo hacía imposible. Sin embargo, a medida que fue cre­ciendo la comunidad, se hizo obligatoria la oración comunitaria en todas las casas. Ésta era una de las bases de la observancia y no se podía excusar ya en ningún caso. Como consecuencia del afán reformador de algunos re­ligiosos, que veían que con la misión se enfriaba el cumplimiento de la regla que exigía el rezo en el coro, se comenzaron a dar algunas normas pa­ra evitarlo. En 1563, por ejemplo, las actas capitulares de Epazoyucan or­denaron que los religiosos no estuvieran fuera de su convento más de tres días y solamente por causa de la administración de las visitas y se les obligaba, además, a no salir de los términos de la zona que abarcaba la doctri­na.
Si bien la oración en común era una regla de la comunidad agustina, és­ta no perdió en Nueva España su carácter eremítico. En algunos conventos rurales había lugares de recogimiento y soledad para los religiosos que querían, por algún tiempo, una vida de oración retirada del mundo. En el siglo xvi era famosa la casa de Tzitzicaxtla, que estaba rodeada de ermi­tas, por lo que se le conocía también por este nombre. En el siglo xvii se destacó el yermo de San Miguel de Chalma.
Los frailes de una cabecera se distribuían para administrar a los indios cercanos a sus conventos y los de sus visitas. En Meztitlán, por ejemplo, es­tas visitas eran recorridas por dos frailes que iban en direcciones opuestas y que decían misa y administraban los sacramentos. Después de este re­corrido, los religiosos regresaban a su convento y salían otros dos a andar el mismo camino. Esta vida, que era la más común en los conventos, provocó que los frailes pasaran largas temporadas solos. Había incluso casos de reli­giosos, sobre todo los que misionaban en las zonas más inhóspitas y entre chichimecas, que vivían la mayor parte del tiempo fuera de la comunidad y en completa soledad.
(Estos pasillos del claustro de Metztitlán estaban casi todo el tiempo vacíos; los frailes de aquí (nunca pasaron de ocho) tenían que visitar más de 100 pueblos. Una doctrina o pueblo indígena que no tenía convento era visitado una o dos veces al año por el fraile)

19. La sobriedad, etapa final del plateresco

El garbo nacional de nuestro plateresco, sus inauditas originalidades, provienen de la ra­pidez en la adopción del temario renacentista, sin tiempo para su normal asimilación. Ape­nas si en la última década del siglo xv se encuentra alguna aparición renaciente. Pues bien, desde 1520 todas las construcciones —con excepción de las catedrales e iglesias de recuerdo gótico-- se conciben con supuestos renacentistas. Esta celeridad en la apasionada acepta­ción de los temas itálicos motivó su personal interpretación por cada uno de los arquitectos y la increíble variedad y fantasía en la elaboración de las arquitecturas renacientes.
La decoración renaciente varía en España no sólo en sus formas, sino en sus ritmos y composición. Hasta 1540, y muy singularmente en las fachadas de la Universidad de Sala­manca y del Ayuntamiento de Sevilla, la ornamentación plateresca se desenvuelve con la tendencia a la cubrición total de los paramentos en un relieve no muy acusado, envolviendo pilastras, muros y columnas, con un sentido fluyente y dinámico. En la segunda etapa, que puede abarcar las dos décadas siguientes, esta decoración se concentra en los puntos nu­cleares de la construcción, pero manteniendo como en las obras de Rodrigo Gil el mismo tipo de grutescos y la misma fragorosa tensión ornamental allí donde se anda la decoración. Finalmente, la arquitectura plateresca, que pudo alcanzar el purismo y severidad vignoles­cos sin la violencia de El Escorial, termina en una etapa en la cual se conservan algunas gracias ornamentales renacentistas, pero el tono es de una mayor severidad, buscando la imponencia arquitectónica.
El plateresco mexicano se parece mucho más a este plateresco final, de mediados del siglo XVI, que al plateresco inicial de los Reyes Católicos, aunque la causa de la sobriedad de nuestro plateresco habría que buscarla menos en la influencia italiana y más en las condiciones históricas en las que surge: la conquista, la aculturación y la esclavización y la pobreza material de los indios, que fueron quienes finalmente construyeron estos edificios.
(Perfectamente renacentista y sobria fachada del conjunto conventual de Zempoala, Hidalgo.)

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20. Los espacios que componían un conjunto conventual


Una edificación conventual del siglo xvi poseía varias dependencias. Las principales eran: la iglesia, generalmente de una nave y orientada de este a oeste, tenía un coro alto para los religiosos, baptisterio, confesiona­rios y presbiterio; el convento, adosado a la parte norte o sur de la iglesia (la inmensa mayoría al sur; uno de los pocos conventos situados al norte de la iglesia es el de Tlayacapan), tenía un portal, cubierto, a la entrada y un claustro central, en torno al cual, se distribuían las habitaciones destinadas a refectorio, cocina, sala capitular, biblioteca, celdas, etcétera, situadas en uno o dos pisos. Otras dependencias acce­sorias eran las caballerizas, el pajar y la huerta. Algunas veces también se encontraban adosados a la iglesia las construcciones del hospital y la es­cuela. El atrio, que se extendía frente a la puerta del templo, y que estaba rodeado generalmente de una muralla, tenía una infinidad de funciones: era cementerio, lugar de reunión para la doctrina y sitio para realizar las procesiones, bailes, fiestas o juntas de carácter religioso en las que partici­paba todo el pueblo. Las capillas abiertas, que tenían varias formas y distribución, eran construcciones o adaptaciones hechas para colocar un altar y decir misa frente al atrio, con lo cual éste se convertía en una in­mensa iglesia al aire libre. Las capillas posas, que se encuentran en algunos conventos, estaban en los cuatro extremos del atrio y servían para posar el Santísimo o las imágenes durante las procesiones, o para celebrar en ellas misa. A veces cada barrio tenía a su cargo el cuidado de una de estas ca­pillas y podían servir de enterramiento a caciques y principales.
A principios del siglo xvi la orden agustina tuvo fama de hacer las construcciones más grandes y costosas de Nueva España; después, durante el barroco todas las órdenes compitieron para ver cuál podía construir el conjunto más lujoso. Obispos y virreyes se quejaban de su suntuosidad y de los gastos que provocaban. Los mismos religiosos tenían, como a título de gloria, la gran riqueza y monumentalidad de sus iglesias y conventos.
Una de las razones para esta magnificencia era, sin duda, el impactar a los neoconversos para afianzar el cristianismo por medio de los sentidos; otra, que los mismos indígenas tenían como orgullo local el poseer un sun­tuoso convento y una gran iglesia; finalmente, también influyó la necesidad de dar cabida a muchos frailes en los conventos.
(Atrio del convento de Epazoyucan, visto desde la ventana de una celda. En primer plano la arquería del portal del convento, cuyo techo ya no existe. En segundo plano el atrio con diversos monogramas religiosos, como el de Jesús; alrededor de éstos la muralla perimetral y al costado izquierdo una de las capillas posas. En tercer plano, al fondo, las áridas tierras y montañas de Hidalgo)

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21. Bibliografía


La bibliografía consultada es muy amplia, sólo daré algunas referencias, las más importantes.
a)José Camón Aznar, Summa artis, 5ª ed., Madrid, Espasa, 567 p. tomo VII
b) Antonio Rubial García, El convento agustino y la sociedad novohispana (1533-1630), México, Unam, 1988, 343 pp
Diego de Basalenque “Los agustinos, aquellos misioneros hacendados” [fragmento de la obra titulada Historia de la provincia de San Nicolás Tolentino de Michoacán del orden de NPS Agustín], México, Conaculta, 1998, 277 p.
Joaquín García Icazbalceta, “Los agustinos en México” en Obras, México, Salvador Chávez, s/f, tomo V
Ricard Robert, La conquista espiritual de México. Ensayo sobre el apostolado y los métodos... México, Jus, 1947, 327 pp.
Manuel Toussaint, Arte colonial en México, México, Unam, 1964, 346 pp.
Elisa Vargas Lugo, Las portadas religiosas de México, Unam, 1969, 286 pp.
(Pintura mural coloreada en una pilastra del claustro de Yecapixtla. En la mano, San Gregorio Magno (540-604) porta un libro; la leyenda, en latín, dice San Gregorio, doctor de la Iglesia”. Fue el último de los cuatro doctores de la iglesia latina, fue electo papa, por eso porta la tiara papal y el báculo de San Pedro; en su pecho la imagen de San Benito, orden monástica a la que perteneció y dentro de la cual fundó varios conventos; es santo patrono de los maestros)

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